Once minutos, Paulo Coelho.

12.6.12

A falta de actualizaciones desde hace tiempo (pese a que ya he terminado Selectividad y soy libre), porque llevo tiempo sin escribir nada, os dejo un fragmento de este libro que he encontrado antes por casa y me he empezado a leer.


>>Hoy, mientras andábamos alrededor del lago, por este extraño Camino de Santiago, el hombre que estaba conmigo, un pintor, una vida diferente de la mía, tiró una piedrecilla al agua. En el lugar en el que cayó la piedra aparecieron pequeños círculos que se fueron ampliando, ampliando, hasta alcanzar a un pato que pasaba casualmente por allí y que nada tenía que ver con la piedra. En vez de asustarse con la onda inesperada, decidió jugar con ella.

Algunas horas antes de esta escena, yo entré en un café, oí una voz y fue como si Dios hubiese tirado una piedrecilla en aquel lugar. Las ondas de energía me tocaron a mí y a un hombre que estaba en una esquina, pintando un cuadro. Él sintió la vibración de la piedra, yo también. ¿Y ahora?

El pintor sabe cuándo encuentra a una modelo. El músico sabe cuándo su instrumento está afinado. Aquí, en mi diario, soy consciente de que ciertas frases no son escritas por mí, sino por una mujer llena de “luz” que soy y rechazo aceptar.

Puedo seguir así. Pero también puedo, como el patito del lago, divertirme y alegrarme con la ola que llegó de repente y alteró el agua.

Existe un nombre para esa piedra: pasión. Describe la belleza de un encuentro fulminante entre dos personas, pero no se limita a eso; está en la excitación de lo inesperado, en el deseo de hacer algo con fervor, en la certeza de que se va a conseguir realizar un sueño. La pasión nos da señales que nos guían la vida, y me toca a mí descifrar esas señales.

Me gustaría creer que estoy enamorada. De alguien a quien no conozco, y que no entraba en mis planes. Todos estos meses de autocontrol, de rechazar el amor, han dado como resultado exactamente lo opuesto: dejarme llevar por la primera persona que me prestó una atención diferente.

Aún menos mal que no cogí su teléfono, que no sé dónde vive, que puedo perderlo sin culparme a mí misma de haber perdido una oportunidad.

Y si fuera ése el caso, aunque ya lo haya perdido, yo he obtenido un día feliz en mi vida. Considerando el mundo tal y como es, un día feliz es casi un milagro.

3 palabras:

Carlos dijo...

He de reconocer que no he leído mucho de Paulo Cohelo, no sé por qué pero me saturo muy pronto de su forma de escribir. Me gusta así, en dosis pequeñas: un par de párrafos, quizá un capítulo entero, pero luego se me quitan las ganas.

Con respecto a este atasco, te diré una cosa: hace dos semanas, era incapaz de escribir nada coherente aparte de Abbise, y ni siquiera lo hacía con ganas. La cosa es ponerse, obligarte a escribir. Al principio es un poco forzado, pero luego empiezas a coger el ritmo y, si tienes calidad (cosa de la que yo carezco pero que a ti te sobra), pronto empiezas a producir textos a patadas con los que alimentar mi hambre voraz de literatura :)
Un beso gigantesco ^^

Alejandro dijo...

No hace falta que te diga nada. Sólo te hace falta una cosa: inspiración. Una musa, un algo, un ítem... Un objetivo.

Y creo que lo tienes

Carlos dijo...

Mujer, aunque mediocre, soy escritor, y la idea es escribir cosas interesantes. Bueno, Pérez Galdós y Pío Baroja no lo hacían, pero tampoco me gustaban sus obras, así que... xD
Tú tranquila que ya iré subiendo pedazos, y ahora que he terminado de explicar su juventud daré un salto temporal, así que ya verás lo que viene (spoiler: la mujer de negro volverá a aparecer en algún momento, estate al tanto porque es mi personaje favorito).
Un beso enormisísimo :D
PD. Avísame si vuelves a aparecer en la radio, pero con antelación para saber oírte en directo.
PD2. Sigo esperando que empieces a deleitarnos con tus palabras, si lo que quieres es que suplique como un yonqui lo haría por una raya de coca, lo haré ¬¬

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>> Muchas veces las palabras que tendríamos que haber dicho no se nos presentan en el espíritu hasta que ya es demasiado tarde.
André Gide.


>> La palabra que retienes dentro de ti es tu esclava; la que se te escapa es tu señora.
Proverbio persa.




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